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jueves, 29 de mayo de 2014

La española SAES producirá conjuntamente con la rusa GIDROPRIBOR su Sonar de Detección de Buceadores.

Ambas han firmado un acuerdo que sienta las bases para la introducción en Europa del Este y Asia del sonar de alta frecuencia DDS-03.  El sistema ha sido especialmente diseñado para la detección de buceadores y de vehículos submarinos, tripulados y no tripulados (SDV, ROV o UUV), ofreciendo protección y vigilancia frente a la amenaza que pueden representar en puertos, instalaciones críticas, pecios, zonas medioambientalmente protegidas, seguridad en eventos especiales y barcos fondeados. Fruto  del acuerdo entre ambas empresas, la compañía rusa exhibió en su stand de la exposición de Defensa de Kazajstan, KADEX 2014, un ejemplar del sonar,  generando gran interés debido al aumento de  la concienciación en torno a la necesidad de protección de puertos, buques e infraestructuras críticas frente a las amenazas submarinas en el área del mar Caspio.

Por su parte la empresa española, está incrementando sus esfuerzos comerciales en la zona. En MAST EurAsia 2014, ofrecía una conferencia especializada en la medición de influencias magnética y eléctrica emitidas por cruceros, como especialista en la medición multi-influencia (acústica, magnética, eléctrica, sísmica y de presión) bajo el agua,  actualmente está realizando una serie de estudios dirigidos a mitigar la falta de información que aún existe en torno a las radiaciones no acústicas de los buques.  En esta área, SAES destaca por su estación de Medición Multi-influencia (MIRS – Multi-influence Range system). (J.R.G.)


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Blas de Lezo, el almirante español cojo, manco y tuerto que venció a Inglaterra.

Blas de Lezo, el almirante español cojo, manco y tuerto que venció a Inglaterra

Valiente, honorable, buen estratega… muchos son los adjetivos que se pueden aplicar a grandes héroes como el almirante Nelson, cuyo nombre aún resuena en Gran Bretaña. Sin embargo, también son características de las que pudo presumir Blas de Lezo, un oficial tuerto, cojo y manco de la marina española que consiguió resistir el ataque de 195 navíos ingleses con apenas 6 barcos durante el Siglo XVIII. Esta historia, digna de salir en cualquier película de la conocida saga «Piratas del Caribe», es una de las muchas en las que se ha demostrado la capacidad estratégica de la marina española de la época. Sin embargo, se suma a las docenas de hazañas que han caído en el olvido. 

Cojo, manco, y tuerto 
Blas de Lezo nació en Pasajes, Guipúzcoa, el 3 de febrero de 1687, aunque aún existe controversia sobre el lugar y el año en que vino al mundo. «Las fuentes son confusas y señalan otro lugar posible de nacimiento y otra fecha dos años posterior, pero en lo que no hay duda es que es un marinero vasco que se convirtió en uno de los más grandes estrategas de la Armada española en toda su historia» determina Jesús María Ruiz Vidondo, doctor en historia militar, colaborador del GEES (Grupo de Estudios Estratégicos) y profesor del instituto de educación secundaria Elortzibar. Su carrera militar empezó en 1704, siendo todavía un adolescente. En aquellos años, en España se sucedía una guerra entre la dinastía de los Austrias y Borbones por conseguir la corona tras la muerte del rey Carlos II, sin descendencia.  

«Blas de Lezo había estudiado en Francia cuando esta era aliada de España en la Guerra de Sucesión. Tenía 17 años cuando se enroló de guardiamarina al servicio de la escuadra francesa al mando del conde de Toulouse», destaca el historiador. Ese mismo año se quedaría cojo. «La pierna la perdió en la batalla de Vélez-Málaga, la más importante de la Guerra de Sucesión, en la que se enfrentaron las escuadras anglo-holandesa y la franco-española» afirma Vidondo. «Fue una dura batalla en la que una bala de cañón se llevó la pierna izquierda de Blas de Lezo, pero él continuó en su puesto de combate. Después se le tuvo que amputar, sin anestesia, el miembro por debajo de la rodilla. Cuentan las crónicas que el muchacho no profirió un lamento durante la operación», cuenta Vidondo. Aunque el combate finalizó sin un vencedor claro, el marino comenzó a ser conocido por su heroicidad. «Blas de Lezo fue elogiado por el gran almirante francés por su intrepidez y serenidad y por su comportamiento se le ascendió a alférez de navío», explica el experto en historia militar. 

El ojo lo perdió dos años más tarde, en la misma guerra, en la fortaleza de Santa Catalina de Tolón mientras luchaba contra las tropas del príncipe Eugenio de Saboya. «En esta acción y tras el impacto de un cañonazo en la fortificación, una esquirla se le alojó en su ojo izquierdo, que explotó en el acto. Perdió así para siempre la vista del mismo, pero quiso continuar en el servicio y no abandonarlo» determina Vidondo. Sin duda la suerte no estaba de su lado, pero Lezo siguió adelante. Finalmente, cuando tenía 26 años, el destino volvió a ser esquivo con este marino. «La Guerra de Sucesión había prácticamente finalizado en julio de 1713 con la firma de la paz con Gran Bretaña, pero Cataluña seguía en armas por los partidarios de la casa de Austria. El marino participó en varios combates y bombardeos a la plaza de Barcelona. En uno de ellos, el 11 de septiembre de 1714, se acercó demasiado a las defensas enemigas y recibió un balazo de mosquete en el antebrazo derecho que le rompió varios tendones y le dejó manco para toda su vida», determina el experto. Así, y tras quedarse cojo, tuerto y sin mano, Blas de Lezo pasó a ser conocido como el «Almirante Patapalo» o el «Mediohombre». Su leyenda había comenzado. 

Hazañas iniciales 
Una vez finalizada la Guerra de Sucesión, Lezo se destacó por su servicio a España. Una de sus misiones más destacadas fue la que realizó en 1720 a bordo del galeón «Lanfranco». «Se le integró en una escuadra hispano-francesa al mando de Bartolomé de Urdazi con el cometido de acabar con los corsarios y piratas de los llamados Mares del Sur (Perú)», sentencia el historiador. «Sus primeras operaciones fueron contra el corsario inglés John Clipperton. Éste logró evitarles y huir hacia Asia, donde fue capturado y ejecutado», finaliza el doctor en historia militar. Por esta y otras hazañas, el rey ascendió al «Almirante Patapalo» a teniente general en 1734. Sin embargo, su misión más difícil llegó cuando fue enviado a Cartagena de Indias (Colombia) como comandante general. 

El mayor reto de Lezo 
El mayor desafío de Blas de Lezo se sucedió sin duda en Colombia, donde tuvo que defender Cartagena de Indias (el centro del comercio americano y donde confluían las riquezas de las colonias españolas) de los ingleses, ansiosos de conquistar el territorio. En este caso, los británicos aprovecharon una afrenta a su imperio para intentar tomar la ciudad. El pretexto fue el asalto a un buque británico. 

«En este contexto se produjo en 1738 la comparecencia de Robert Jenkins ante la Cámara de los Comunes, un contrabandista británico cuyo barco, el Rebecca, había sido apresado en abril de 1731 por un guarda costas español, que le confiscó su carga. La oposición parlamentaria y posteriormente la opinión pública sancionaron los incidentes como una ofensa al honor nacional», determina Vidondo. La excusa perfecta había llegado y se declaró la guerra a España. Los preparativos se iniciaron, y los ingleses no escatimaron en gastos. «Para vengar la oreja de Jenkins Inglaterra armó toda una formidable flota jamás vista en la historia (a excepción de la utilizada en el desembarco de Normandía), al mando del Almirante inglés Edward Vernon. La armada estaba formada por 195 navíos, 3.000 cañones y unos 25.000 ingleses apoyados por 4.000 milicianos más de los EEUU, mandados éstos por Lawrence, hermanastro del Presidente Washington», afirma el experto en historia militar. Por el contrario, Blas de Lezo no disponía de un gran número de soldados ni barcos para defender la ciudad. 

«Las defensas de Cartagena no pasaban de 3.000 hombres, 600 indios flecheros, más la marinería y tropa de infantería de marina de los seis navíos de guerra de los que disponía la ciudad: el Galicia (que era la nave Capitana), el San Felipe, el San Carlos, el África, el Dragón y el Conquistador. La proporción entre los españoles y los ingleses era de 1 español por cada 10 ingleses», explica Vidondo. Pero, lo que tenía a su favor el «Almirante Patapalo» era un terreno que podía ser utilizado por un gran estratega como él. Y es que la entrada por mar a Cartagena de Indias sólo se podía llevar a cabo mediante dos estrechos accesos, conocidos como «bocachica» y «bocagrande». El primero, estaba defendido por dos fuertes (el de San Luis y el de San José) y el segundo por cuatro fuertes y un castillo (el de San Sebastián, el de Santa Cruz, el del Manzanillo, el de Santiago el más alejado y el castillo de San Felipe). Lezo se preparó para la defensa, situó varios de sus buques en las dos entradas a las bahías y dio órdenes de que, en el caso de que se vieran superados, fueran hundidos para que no fueran apresados y para que sus restos impidieran la entrada de los navíos ingleses hasta Cartagena de Indias. La guerra había comenzado y el «Mediohombre» se preparó para la defensa. 

Comienza la batalla 
«El 13 de marzo de 1741 apareció la mayor flota de guerra que jamás surcara los mares hasta el desembarco de Normandía. Para el día 15 toda la armada enemiga se había desplegado en plan de cerco. Al comienzo se notó la superioridad británica y fáciles acciones les permitieron adueñarse de los alrededores de la ciudad fortificada», afirma Vidondo. «La batalla comenzó en el mar. Tras comprobar que no podían acceder a la bahía, los ingleses comenzaron un bombardeo incesante contra los fuertes del puerto. Blas de Lezo apoyaba a los defensores con la artillería de sus navíos, que había colocado lo suficientemente cerca. Usaba bolas encadenadas, entre otras artimañas, para inutilizar los barcos ingleses», narra el historiador. Tras acabar con varias baterías de cañones, Vernon se dispuso a desembarcar algunos de sus hombres, que lograron tomar posiciones en tierra. «Luego, el inglés se dispuso a cañonear la fortaleza de San Luis de Bocachica día y noche durante dieciséis días, el promedio de fuego era de 62 grandes disparos por cada hora», determina el experto en historia militar. 

El bombardeo fue masivo y los españoles tuvieron que abandonar en los días sucesivos los fuertes de San José y Santa Cruz. El ímpetu del ataque obligó al español a tomar una decisión dura: «Lezo incendió sus buques para obstruir el canal navegable de Bocachica, aunque el Galicia no prendió fuego a tiempo. Sin embargo, logró retrasar el avance inglés de forma considerable. Blas de Lezo decidió dar la orden de replegarse ante la superioridad ofensiva y la cantidad de bajas españolas», afirma Vidondo. A su vez, en Bocagrande se siguió la misma táctica y se hundieron los dos únicos navíos que quedaban (el Dragón y el Conquistador) para dificultar la entrada del enemigo. «El sacrificio resultó en vano, pues los ingleses remolcaron el casco de uno de ellos antes de que se hundiera para restablecer el paso y desembarcaron», sentencia el experto. Las posiciones habían sido perdidas y los españoles se defendían en el fuerte de San Sebastián y Manzanillo. Además, como último baluarte, se encontraba el castillo de San Felipe. 

Vernon se cree vencedor 
Los ingleses habían conseguido acabar con varias fortalezas y asentarse en las bahías de Cartagena de Indias tras pasar los obstáculos puestos por los españoles. Sin duda, sentían la victoria cerca. «Vernon entró entonces triunfante en la bahía con su buque Almirante con las banderas desplegadas dando la batalla por ganada», narra el historiador. 

Vernon envió en ese momento una corbeta a Inglaterra con un mensaje en el que anunciaba su gran victoria sobre los españoles. La noticia fue recibida con grandes festejos entre la población y, debido al júbilo, se mandó acuñar una moneda conmemorativa para recordar la gran victoria. En ella, se podía leer «El orgullo español humillado por Vernon» y. además, se apreciaba un grabado de Blas de Lezo arrodillado frente al inglés. 

La victoria del «Mediohombre» 
Vernon estaba decidido, la hora de la victoria había llegado. Por ello, quiso darle el broche final tomando el símbolo de la resistencia española: el castillo de San Felipe, donde resistían únicamente seis centenares de soldados, según cuenta el historiador. Sin embargo, el asalto desde el frente era un suicidio, por lo que el inglés se decidió a dar la vuelta a la fortaleza y asaltar por la espalda a los españoles. «Para ello atravesaron la selva, lo que provocó la muerte por enfermedad de cientos de soldados, pero al fin llegaron y Vernon ordenó el ataque», sentencia Vidondo. Según narra el doctor en historia, el primer asalto inglés se hizo contra una entrada de la fortaleza y se saldó con la muerte de aproximadamente 1.500 soldados a manos de los 600 españoles que consiguieron resistir y defender su posición a pesar de la inferioridad numérica. 

Tras este ataque inicial, Vernon se desesperó ante la posibilidad de perder una batalla que parecía hasta hace pocas horas ganada de antemano. Finalmente, y en términos de Vidondo, el oficial ordenó una nueva embestida, aunque esta vez planeó que sus soldados usarían escalas para poder atacar directamente las murallas. En la noche del 19 de abril los ingleses se organizaron en tres grupos para atacar San Felipe. «En frente de la formación iban los esclavos jamaicanos armados con un machete», explica el doctor en historia. Sin embargo, los asaltantes se llevaron una gran sorpresa: las escalas no eran lo suficientemente largas para alcanzar la parte superior de las murallas. «El ‘Almirante Patapalo’ había ordenado cavar un foso cerca de los muros para aumentar su altura y evitar el asalto», determina Vidondo. Los españoles aprovecharon entonces y acabaron con cientos de ingleses. La batalla acababa de dar un giro inesperado debido al ingenio de un solo hombre, o más bien, «Mediohombre». El día siguiente, según afirma el historiador, los españoles salieron de la fortaleza dispuestos a aprovechar el duro golpe psicológico que habían sufrido los ingleses. En primera línea corría Lezo, cargando al frente de la formación mientras sujetaba el arma con su único brazo. 

Finalmente, y tras una cruenta lucha, los menos de 600 defensores lograron que el enemigo se retirara y volviera a sus navíos. Ahora, y de forma definitiva, la victoria pertenecía a los soldados españoles y, por encima de todo, a un solo combatiente: el «Almirante Patapalo». Después de esa batalla, se sucedieron una serie de intentos por parte de los ingleses de conquistar la plaza fuerte, pero fueron rechazados. «Vernon se retiró a sus barcos y ordenó un bombardeo masivo sobre la ciudad durante casi un mes, pero no sirvió de nada», determina el experto. Finalmente, Vernon abandonó las aguas de Cartagena de Indias con, según los datos oficiales, unos 5.000 ingleses muertos. Sin embargo, según determina Vidondo, es difícil creer que la cifra sea tan baja, ya que el oficial tuvo que hundir varios navíos en su huída debido a que no tenía suficiente tripulación para manejarlos y no quería que cayesen en manos españolas. Cada barco parecía un hospital, afirma el historiador. De hecho, y según cuenta la leyenda, Vernon sentía tanto odio hacia el «Mediohombre» que, mientras se alejaba junto a su flota de vuelta a Inglaterra, gritó a los vientos «God damn you, Lezo!» (¡Que Dios te maldiga, Lezo!). Podía maldecir todo lo que quisiera, pero había sido derrotado. 

La mentira del inglés 
Además, según determina Vidondo, a Vernon todavía le quedaba un último mal trago: informar en Inglaterra de que la había perdido la batalla. Al llegar a su tierra, sin embargo, parece que no tuvo valor para dar a conocer la noticia públicamente, por lo que fue pasando el tiempo hasta que, finalmente, sus compatriotas descubrieron el engaño. Cuando salió a la luz, la vergüenza fue tan arrolladora para el país que se tomaron medidas más drásticas para acallar la gran derrota: «El rey Jorge II prohibió todo tipo de publicación sobre la batalla», finaliza Vidondo. (J.R.G.)

A continuación os dejo un video de la batalla: 


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Desembarco en Alhucemas, el «Día D» de las tropas españolas en el norte de África.



Desembarco en Alhucemas, el «Día D» de las tropas españolas en el norte de África
Imagen del 8 de septiembre tras el desembarco de las tropas españolas en Alhucemas

Ocho de septiembre de 1925. Ese fue el día en que la Historia militar cambió cuando España llevó a cabo el primer desembarco de infantería apoyado por carros blindados, buques e, incluso, unidades aéreas cerca de la bahía de Alhucemas (al norte de África). Aquella jornada, la cual pondría fin a la guerra en el Protectorado, sentó las bases de lo que, casi una veintena de años después, sería el «Día D» de los aliados en Normandía.

El calendario marcaba entonces el comienzo del siglo XX, una época en la que cada rincón de Europa andaba revolucionado por conseguir expandir sus posesiones en el norte de África, la nueva tierra prometida. De hecho, tal era la tensión por hacerse con un trozo de este terreno que, en 1906, varios países se pusieron de acuerdo para celebrar la «Conferencia de Algeciras», una reunión mediante la que se pretendía buscar la paz entre las diferentes regiones con intereses en este continente.

Un desgraciado regalo
Finalizada esta conferencia, parece que, alguien decidió regalar un trozo del pastel Africano a España, a la que se le cedió el Protectorado de Marruecos (el cual incluía, entre otros territorios, el Rif y Yebala). Más les valdría haberse tragado su premio de consolación, pues lo que se nos concedió en realidad fue una zona rebelde que no estaba dispuesta a admitir nuestro rojo, amarillo y rojo. Así pues, no hubo que esperar mucho hasta que las diferentes tribus rifeñas fueron, año tras año, plantando cara a los españoles ubicados en esta nueva región a base de espada, caballo y guerrilla.

Sin más remedio, desde la Península comenzó el envío masivo de miles y miles de soldados. Hombres que, en muchos casos, carecían de la preparación y el equipamiento necesario para hacer frente a las sucesivas acometidas de Abd El Krim, un nuevo líder rifeño de la cabila (tribu, que diríamos aquí) de Beni Urriaguel, la más molesta con diferencia para las tropas españolas. Corría por aquellos días el año 1921, tiempo en que, como los españoles estaban ya hasta el chambergo de tanto rebelde por aquí e insurrección por allá, los oficiales decidieron ajustarse bien los correajes y llevar a cabo varios asaltos para acabar con la rebelión rifeña. No pudieron cometer un error mayor, pues, lejos de rendirse, los seguidores de Abd El Krim les infringieron dolorosas derrotas como la de Annual, donde fallecieron y fueron capturados más de 10.000 soldados hispanos.

Desembarco en Alhucemas, el «Día D» de las tropas españolas en el norte de África
Portada del 11-9-1925

En estas andaba la Guerra del Rif (con derrota tras derrota para el ejército español) cuando Abd El Krim decidió atacar también un territorio francés ubicado al norte de Marruecos. «Oh la la! Ça eté une erreur» debieron pensar los gabachos, ya que, sin tardar, contactaron con Miguel Primo de Rivera (al frente de España) para dar solución, de una vez por todas, al conflicto con aquellas insistentes cabilas. Así pues, ambas potencias pusieron a sus militares a trabajar para, mediante una operación definitiva, ganar la supremacía en el Protectorado.

La idea del desembarco
Tras llevar a cabo un estudio exhaustivo, Primo de Rivera tomó una decisión arriesgada: atacar el corazón de la revuelta a través del mar con un desembarco masivo de tropas franco-españolas. «Alhucemas, zona de asentamiento de la cabila de Beni Urriaguel, a la que pertenecía Abd El Krim, constituía un foco permanente de la rebelión rifeña. Por tierra, todas las operaciones militares españolas (…) tuvieron como objetivo la ocupación de Alhucemas, fracasando una tras otra. (…). El propósito de la operación anfibia consistió en el desembarco de dos brigadas reforzadas para ocupar una base de operaciones en la zona de Alhucemas» afirman Juan Vázquez y Lucas Molina en su obra Grandes batallas de España (Ed. Susaeta).

De esta forma, se estableció como objetivo principal la toma Alhucemas (ubicada en el norte de Marruecos a un centenar de kilómetros de Melilla), algo que ya se había planteado anteriormente. «La idea de un desembarco en las costas de Alhucemas no se manifestó concretamente en un momento determinado, sino que se fue elaborando por lenta gestación (…) a partir del momento en que nuestra acción militar, desde la campaña de 1909, nos fue revelando (…) que el guerrero más fuerte (…) era el rifeño de Beni Urriaguel y que esta cabila era la que dirigía y encuadraba la rebelión y la que daba contingentes de mayor valor combativo», señala, en este caso, el general Manuel Goded quien participó en el desembarco en su libro Marruecos. Las etapas de la pacificación.

Fuerzas en combate
Así pues, se determinó que la operación se llevaría a cabo a principio de septiembre de 1925 y que contaría con el apoyo de la marina y la fuerza aérea. Con todo, el peso de la maniobra recaería sobre dos columnas de infantería que partirían desde Ceuta y Melilla. De esta forma, el de Alhucemas se convertiría en el primer desembarco aeronaval de la Historia, una maniobra que, años más tarde, se repetiría en las playas de Normandía de manos del bando Aliado. El mando supremo lo asumió, como no podía ser de otra forma, Primo de Rivera, que, a su vez, contó bajo sus órdenes con los generales Sanjurjo (ejército de tierra) Soriano (fuerza aérea) y Yolif (armada). 

Desembarco en Alhucemas, el «Día D» de las tropas españolas en el norte de África
14-9-1925 El general Saro, con el hombres del coronel Franco en una posición


«Las fuerzas de desembarco consistían en dos brigadas reforzadas, cada una de ellas formada por cuatro a seis batallones de infantería, tres baterías de artillería, dos banderas de la Legión (entre 700 y 1400 hombres ambas), dos o tres tabores de regulares (cada uno con 400 o 600 soldados) y unidades de ingenieros, intendencia y sanitarias, y serían trasportadas por dos convoyes diferentes. Uno de ellos, con la brigada del general Saro Martín partiría desde Ceuta. (….) La brigada se dividía en tres columnas (…) una de ellas (…) la del coronel Francisco Franco (4500 hombres) (…) eras la columna más potente y veterana. (…) El otro convoy, que partiría desde Melilla, transportaría la brigada del general Fernández Pérez, (…) que se dividía en la columna de Goded (…) y la de Adolfo Vara del Rey», añaden Vázquez y Molina. En total, entre España y Francia lograron reunir un contingente de 13.000 soldados y más de una veintena de piezas de artillería. A su vez, y por primera vez en la Historia militar, varios carros de combate serían desembarcados a través de barcazas para apoyar el asalto de la infantería. 

Concretamente, en la contienda participarían 11 tanques ligeros «Renault FT 17» y media docena de los antiguos «Schneider CA1». Por su parte, la Armada colaboró con dos acorazados (el «Alfonso XIII» y el «Jaime I»), 4 cruceros, 2 destructores, 7 cañoneras, 11 buques guardacostas Uad, 6 torpederos y el portahidroaviones «Dédalo». Conjuntamente, puso a disposición de la infantería 26 barcazas de transporte «K» las cuales podían trasladar a unos 300 hombres y contaban con un ligero blindaje. Los galos añadieron a este contingente 1 acorazado, 2 cruceros, 2 torpederos, 2 monitores y un remolcador con globo cautivo (es decir, amarrado y dedicado principalmente a tareas de avistamiento de unidades enemigas). En total, 67 navíos de guerra además de varios buques menores destinados al apoyo logístico. Finalmente, las fuerzas aéreas no se quedaron atrás y aportaron al contingente desde bombarderos ligueros «Breguet» hasta varios cazas biplanos «Bristol». 

«La incipiente aviación militar contribuyó con más de un centenar de aviones que, junto con la aeronáutica naval y los aviones franceses sumaban más de 150 aeronaves», destacan los autores españoles en su obra. Sea como fuere, lo cierto es que España dispuso cualquier elemento que disparara para tomar Alhucemas. Sin embargo, ser derrotado con semejante dispositivo podía significar una humillación a nivel internacional. La suerte estaba echada. Y es que, en contra de los españoles se ubicaba en Alhucemas un enemigo que no era, ni muchos menos, incompetente. Abd El Krim había logrado ubicar en las proximidades nada menos que 9.000 rifeños quienes, apoyados por expertos contratados a sueldo procedentes de varios países, habían sido entrenados en el uso de las diferentes armas de mano y artillería. A ellos se sumaban 14 cañones de campaña de 70 y 75 mm robados en anteriores operaciones a los españoles, incontables fortificaciones, decenas de nidos de ametralladoras e, incluso, centenares de minas que habían sido enterradas a lo largo de una de las playas donde se realizaría el desembarco.

Las órdenes a seguir
Calculado el contingente, se enviaron las órdenes y los objetivos a cumplir. Así las recuerda Goded: «Utilizando todos los transportes disponibles, debidamente protegidos por las fuerzas navales y buques de guerra franceses (…) ambos núcleos desembarcarían sucesivamente, el primero (procedente de Ceuta) en la plaza de la Cebadilla, con la misión de envolver Morro Nuevo, estableciendo sólido frente defensivo, y el segundo (procedente de Melilla) se subdividiría a su vez en otros dos (…) de los que el de vanguardia realizaría demostraciones frente a la playa (…) para desembarcar en la que hallase menos resistencia». Tras completarse estas primeras fases, las más difíciles sin duda de toda la operación, los españoles tenían órdenes de establecer un perímetro defensivo para, posteriormente, avanzar hasta la cabila de Abd El Krim fusil y machete en mano

A su vez, y en un intento de engañar al enemigo, los mandos ordenaron una falsa operación: «Simultáneamente al desembarco, y por lo que respecta a nuestra zona oriental del Protectorado, se iniciaría un avance (…) con el fin de mantener fija la atención del enemigo (…) sin entablar un combate cruento», destaca el oficial. Con las órdenes establecidas, únicamente faltaba que el mando supremo diera el visto bueno para el comienzo de la operación, cosa que el general en jefe hizo el 2 de septiembre enviando el siguiente comunicado al oficial de una de las secciones de desembarco: «Excelentísimo señor. Poderosas razones de índole política y militar, que huelgan enumerar por sobrado conocidas, han decidido al Gobierno a disponer la operación en Alhucemas, que tendrá lugar del 5 del actual en adelante si el estado del mar lo permite». No andaba desencaminado Primo de Rivera, ya que la operación se tuvo que retrasar hasta el día 8 debido, entre otras cosas, a las inclemencias del tiempo y lo bravo de la marea.

Soldados repartiendo el desayuno en las nuevas posiciones
En la mañana del día 8, y a plena luz del día, el silencio de la mañana quedó roto por el tronar de cientos de cañones que, desde los buques españoles y franceses, soltaron sus proyectiles sobre las posiciones defensivas de los rifeños. Su misión: apoyar el desembarco y evitar que pudieran llegar refuerzos enemigos a la playa. A pesar del humo de la artillería, desde los navíos se podía distinguir perfectamente el campo de batalla, un terreno amplio flanqueado a la izquierda por dos cabos (Morro Viejo, más cercano, y Morro Nuevo, más alejado) y a la derecha por el monte Malmusi. Delante de todos estos accidentes del terreno se ubicaban las dos playas a conquistar: la de la Cebadilla (centro) y la de Ixdain (derecha). Todas quedarían teñidas de sangre al final del día. El reloj marcaba las 11:40 de la mañana cuando los soldados partieron. Las primeras columnas en embarcar en las «K» fueron las comandadas por Francisco Franco y el coronel Martín con 4.500 y 2.800 hombres respectivamente. Estas, navegaron en una quincena de barcazas bajo un leve fuego de artillería y fusilería rifeña hasta llegar a la playa. Por suerte, fueron apoyadas no solo por los buques aliados, sino también por la aviación que -guiada por el globo de observación- acabó con varios cañones enemigos. 
 
Sin embargo, la situación se complicó al llegar a la playa pues, debido a una serie de errores en los cálculos, las lanchas no pudieron arribar directamente en tierra. «Vararon a las 12 en punto las “K” más adelantadas, quedando como a unos 50 metros de la orilla y más de uno de profundidad, siendo inmediatamente lanzadas las planchas de desembarco por las que las fuerzas, sin la menor vacilación, con el agua al pecho y el armamento en alto, pusieron pie en tierra», destaca el oficial español. Lo mismo sucedió a los blindados «Renault» los cuales, lanzados en las primeras oleadas, no pudieron desembarcar hasta el día siguiente al ser para ellos imposible atravesar el metro de agua ubicado entre los transportes y la playa. A su vez, las dificultades para los españoles no acabaron al pisar tierra firme, ya que desde los montes los rifeños les recibieron a base de ametralladora, fusil y artillería. Con todo, el fuego fue devuelto con rabia por los soldados de la Legión que, con las balas silbando cerca de sus cabezas y sus compañeros cayendo a decenas, avanzaron hasta el flanco izquierdo para tomar posiciones cerca de la playa de la Cebadilla. 

Desembarco en Alhucemas, el «Día D» de las tropas españolas en el norte de África
Vista aérea del desembarco el día 8 de septiembre de 1925

No había otro remedio, pues había que asegurar la zona para la siguiente oleada. Con el paso de las horas, finalmente se consiguió tomar parte de la playa y el Morro Nuevo a base de bayoneta calada y con el peligro de alguna que otra peligrosa granada lanzada por los defensores. Así recuerda en sus memorias aquel asalto Juan Luque, periodista que desde uno de los buques vivió en primera persona esa batalla como corresponsal del «Diario de Barcelona»: «Cuando varan en el fondo de arena o piedras, la Legión que manda Franco (…) se tira al agua y ante ellos los guardacostas, tienden un abarrera de fuego que impide se acerque el enemigo. Ya están en tierra, ya se ven como puntitos movedizos, columnas de hombres en guerrilla que, sobre blanco con oscuro, se nos figuran aquellas líneas de puntos notas en un pentagrama que escriben una página musical, épica y gloriosa, que aleja al influjo de sus notas el fantasma del indómito rifeño. Ojo, están en tierra: ya tabletean las ametralladoras, ya los hombres invaden todo».

Con una gran parte de las playas y Morro Nuevo bajo bandera española y el frente parcialmente asegurado, era el momento de que arribara la segunda oleada de soldados. No obstante, la llegada de los refuerzos se retrasó debido a que el enemigo había minado parte de la Cebadilla. Por ello, bajo las continuas ráfagas de plomo que los rifeños enviaban sobre las tropas españolas, hubo que detonar las bombas para asegurar la posición. «Durante el resto del día se procedió a desembarcar el material necesario para continuar la operación. Estas operaciones fueron, aunque bien organizadas, lentísimas, pues las escasas barcazas se utilizaban a la vez tanto en función táctica como logística, además de servir para la evacuación de bajas, y ese resultaba un compromiso imposible. No obstante, al anochecer, la brigada Saro estaba sólidamente establecida en la línea de alturas alcanzada. Al final del día 10.000 hombres estaban ya en tierra», destacan los autores españoles.

El ataque más cruento
En los dos días posteriores las diferentes columnas de la escuadra de Ceuta tomaron posiciones para defender la llegada de sus compañeros, algo que no fue sencillo pues los rifeños, decididos a devolver a las tropas españolas al mar, trataron de romper varias veces sus defensas. De hecho, los hombres de Abd El Krim llegaron incluso a enviar varias patrullas suicidas con las que intentar destruir el cerco español. 

No sirvió de nada; las tropas hispanas lograron resistir hasta la extenuación hasta la llegada de la columna de Ceuta. Sin embargo, el asalto más sangriento se vivió el día 11 y su protagonista fue la columna Goded, a la cual, durante ese día, se le asignó la responsabilidad de defender las posiciones de vanguardia más cercanas al enemigo. «El punto de ataque estaba bien elegido pues, si como esperaba Abd El Krim, hubiese logrado hundir el frente de la columna (…) las fuerzas enemigas, descendiendo por la barrancada de la playa de los Frailes, habrían cogido de revés todas las posiciones de la columna Ceuta cortando las de la playa de la Cebadilla y la situación del cuerpo de desembarco habría sido desesperada», destaca el propio general en su obra. El sangriento asalto comenzó a las 8 sobre la línea de defensa de Goded. A viva voz, los rifeños cargaron sin piedad contra las tropas españolas en un fiero asalto ante el que los cansados hispanos no pudieron más que plantar la rodilla en tierra y disparar por sus vidas. El envite fue tan brutal que la línea llegó a romperse en varias ocasiones y, desde la retaguardia, hubo que despachar refuerzos. Y es que, si esa primera columna era vencida, el resto del ejército sería cogido por sorpresa mientras desembarcaba. 

La sangre no paró de correr en aquella línea de defensa durante toda la noche y parte de la madrugada, pues los hombres de Abd El Krim no cejaron en su empeño de expulsar a sus enemigos. Con la llegada del alba, la mayoría de militares de nuestro país habían agotado su munición y, en algunos casos, habían tenido que repeler al enemigo con piedras. «Fue la noche más amarga que he pasado en mi vida militar, más que por el peligro material que en ella corrimos los que soportamos la violenta y desesperada reacción enemiga, por la enorme responsabilidad que sobre mi columna pesaba y las tremendas consecuencias que comprendí tendría el ataque para todo el cuerpo de desembarco si el enemigo lograba romper nuestro frente», finaliza el militar español. El del día 11, además de un posterior asalto dos jornadas después que fue repelido sin dificultades, fue el último gran ataque de los rifeños que, tras ser rechazados, comenzaron a replegarse poco a poco hasta su cabila. Semanas después todo el territorio sería español, Abd El Krim se rendiría, y la guerra se daría por finalizada. Todo ello gracias al desembarco cerca de la bahía de Alhucemas, la primera operación aeronaval de este tipo en la Historia. (J.R.G.)

Fuente: http://www.abc.es/

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La Caballería de la Legión realiza un ejercicio de adiestramiento en zona urbana.

El ejercicio se realizó en una antigua población minera

El Grupo de Caballería de Reconocimiento 'Reyes Católicos' II de la Legión ha desarrollado entre los días 22 y 26 de mayo un ejercicio en las Minas del Marquesado, en Alquife (Granada), orientado al combate en zona urbanizada ante un enemigo híbrido. 

En el ejercicio se han entrenado tres aspectos: el reconocimiento, el ataque y la defensa en un núcleo urbano, con el empleo de los medios de combate propios del Grupo de Caballería (vehículos Centauro y VEC principalmente), que hacen de la unidad un medio de obtención de información para la Brigada con gran capacidad de choque. Las maniobras culminaron con el desarrollo de un movimiento táctico de 36 horas, que contó con una fuerza de oposición de entidad pelotón, en el cual se organizaron incidencias en diferentes áreas para practicar tanto el método de planeamiento como los diferentes procedimientos marcados en los manuales de adiestramiento. (J.R.G.)


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Jura de Bandera de civiles en la Academia de Infantería.

Uno de los jurandos besa la BanderaUn total de 225 ciudadanos han jurado bandera el 24 de mayo en la Academia de Infantería. El acto, presidido por el director de la Academia de Infantería, general Fernando Aznar, ha contado en la formación con Bandera, Escuadra de Gastadores y Banda y Música de la Academia, la Compañía de la Escala de Oficiales y las dos Compañías de 2º curso y las dos Compañía de 1º curso de la Escala de Suboficiales. 

Tras la toma del juramento y el beso a la Bandera, se han impuesto condecoraciones y se ha rendido un homenaje a los que dieron su vida por España antes de finalizar con el desfile de la formación. Entre los jurandos estaba el arzobispo primado de España, Braulio Rodríguez; el consejero de presidencia de la Junta de Castilla-La Mancha, Leandro Esteban; y la diputada regional Carolina Agudo, entre otras autoridades. (J.R.G.)


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Las manifestaciones de guardias civiles o militares podrán ser suspendidas.

Las manifestaciones reivindicativas organizadas por miembros de las Fuerzas Armadas o la Guardia Civil “haciendo uso de su condición de militar” podrán ser suspendidas o disueltas por la autoridad gubernativa, según la reforma de la ley del derecho de reunión pactada por el PP y el PSOE como disposición final a la ley del Régimen Disciplinario de las Fuerzas Armadas. Además, quienes organicen o participen en reuniones o manifestaciones de “carácter político, sindical o reivindicativo [...] portando armas, vistiendo el uniforme o haciendo uso de su condición de guardia civil” incurrirán en una falta disciplinaria muy grave; mientras que cometerán una falta grave quienes hagan manifestaciones que vulneren su deber de neutralidad política, “pronunciándose o efectuando propaganda a favor o en contra de partidos o sindicatos o de sus candidatos”. 

En España, las manifestaciones no tienen que ser autorizadas, solo comunicadas con 10 días de antelación, pero pueden ser suspendidas o disueltas cuando se consideren ilícitas, cuando se produzcan alteraciones del orden público o cuando se haga uso de uniformes paramilitares. A estas tres causas tasadas se añade ahora una más. De esta forma, el Gobierno no sólo podrá actuar a posteriori, sancionando a los militares y guardias civiles que sobrepasen los límites a su derecho de reunión o manifestación, sino también a priori, suspendiendo o disolviendo reuniones y manifestaciones. Para cerrar este pacto con el PSOE, el Gobierno ha renunciado a sancionar a todos los miembros de los órganos de dirección de las asociaciones profesionales de guardias civiles por los acuerdos adoptados por las mismas que incumplan el código disciplinario. Respecto al régimen disciplionario de las Fuerzas Armadas, el pacto entre socialistas y populares, al que se ha sumado CiU en la ponencia parlamentaria, supone el mantenimiento del arresto de hasta ocho días para las faltas leves. 

El PSOE subraya que el arresto solo podrá imponerse “cuando se haya visto afectada la disciplina o las reglas esenciales que definen el comportamiento de los miembros de las Fuerzas Armadas”, que no podrá cumplirse en celda o similar y que el arrestado podrá pedir el habeas corpus, lo que introduce la tutela judicial. Entre otras garantías, los socialistas destacan que no se podrá tomar declaración al expedientado hasta transcurridas 48 horas. En declaraciones a Efe, tanto el portavoz del PP, Vicente Ferrer, como el del PSOE, Luis Tudanca, expresaron su satisfacción por el acuerdo alcanzado en un asunto de Estado y tras muchos esfuerzos. Por contra, la Asociación Unificada de Militares (AUME) rechazó el pacto, por considerar que retrotrae el régimen disciplinario de las Fuerzas Armadas a finales del pasado siglo, cuando el Ejército aún no era profesional. Por otra parte, el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Díez, hijo del cabecilla del asalto al Congreso de 1981, no será sancionado por conmemorar el 23-F con una paella en el cuartel de Valdemoro a la que invitó a varios implicados en la intentona golpista. 

El ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, aseguró ayer en el pleno del Congreso que de la información reservada que ordenó, y cuyo contenido no quiso revelar, “no se deriva responsabilidad disciplinaria”. Un juez de la Audiencia Nacional suspendió el cese del teniente coronel como jefe del Grupo de Reserva y Seguridad número 1 de la Guardia Civil porque iba firmado por el ministro y no por el director general del cuerpo, a quien le correspondía administrativamente, lo que el diputado socialista Antonio Trevín calificó de “error clamoroso”. La Dirección General de la Guardia Civil optó por reponer a Tejero en su destino para, de inmediato, enviarlo en comisión de servicio a otro puesto, dentro del mismo acuartelamiento. Para la Asociación Unificada de Guardias Civiles (AUGC), que agrupa a 33.000 agentes, se trata de un triunfo de la cúpula del instituto armado que permitirá que un “suceso tan lamentable” quede impune, mientras que 37 de sus representantes han sido expedientados “por reclamar derechos y libertades para sus compañeros” desde que gobierna el PP. (J.R.G.)


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Por cada 1.000 euros destinados a Defensa se generan 1.294 euros de PIB y se recaudan 416 en impuestos.


Hoy 29 ha tenido lugar en el Círculo Ecuestre de Barcelona la presentación del estudio “Impacto económico, cultural y social de la Defensa” elaborado por el Laboratorio de Economía Aplicada de la Universidad de Barcelona (AQR-Lab). El estudio ha sido presentado por el Secretario General de Política de Defensa Alejandro Alvar González y por el profesor Jordi Suriñach, director del equipo investigador responsable del informe. Este trabajo fue encargado por el Ministerio de Defensa tras la firma de un Convenio de Colaboración entre el Ministerio y la Fundación Bosch i Gimpera. El estudio analiza el impacto de económico, cultural y social derivado de las actividades del Ministerio de Defensa y sus Organismos Autónomos. Para ello se ha partido el análisis en dos bloques, estudiando por un lado el impacto económico dado que este se puede cuantificar y por otro el intangible de difícil cuantificación. Por la parte económica, el impacto se puede medir en términos de Producción, Valor Añadido Bruto (VAB), población ocupada y recaudación fiscal derivadas de las actividades del Ministerio de Defensa. Para ello se estudian los sectores económicos que se benefician de los flujos económicos derivados de la actividad de Defensa y la relevancia de estas actividades en el conjunto de la economía española. 

Para ello se han usado los datos del año 2010 y se han separado los efectos en tres tipo: directos, indirectos (derivados del efecto multiplicador de las relaciones entre sectores económicos) e inducidos (derivados de las rentas de los trabajadores implicados empleados en la adquisición de bienes y servicios). Estudiando tablas input-output se puede ver que estos efectos tienen impactos en tres variables principales como son la producción, la ocupación y el Valor Añadido Bruto (VAB) y en la recaudación de impuestos. Los resultados de esta parte del estudio son claros: a partir del gasto inicial de 9,359 millones de euros en 2010 del Ministerio de Defensa y sus Organismos Autónomos, de un VAB directo de 5.036 millones y 128.028 ocupados directos, la actividad generó en ese año un incremento adicional del VAB de 7.075 millones de euros y 129.987 ocupados adicionales repartidos por todos los sectores de la economía. Por tanto, generaron un VAB total de 12.111 millones de euros correspondientes a un 1,2 % del Producto Interior Bruto (PIB) del país y 310.015 ocupados (1,7 % del total de ocupados del país). Para verlo más claramente y siguiendo con los datos de 2010, se puede decir que por cada 1.000 euros destinados al Ministerio de Defensa se generaron 1.294 euros de PIB y que por cada 100 ocupados directos se generaron 72 puestos de trabajo adicionales en el país. 

De igual manera, por cada 1.000 euros empleados por el Ministerio de Defensa, se contribuyó con una recaudación impositiva de 416 euros (en términos de IVA, IRPF e Impuesto de Sociedades). Los efectos intangibles son de difícil cuantificación pero se pueden dividir en aspectos psicológicos como los valores asociados a la profesión militar como puedan ser patriotismo, disciplina, sacrificio, así como la defensa del patrimonio histórico, artístico y cultural o la capacidad para integrar inmigrantes en la sociedad. Así mismo se podrían integrar aquellos efectos monetarios pero que es difícil cuantificar como son los museos militares, el patrimonio cultural y natural perteneciente al Ministerio o el papel de las Fuerzas Armadas en misiones internacionales de mantenimiento de la paz. Hay otros efectos monetarios cuya cuantificación también es compleja como podrían ser los efectos económicos sobre su zona de las instalaciones militares, la investigación y desarrollo militar que tiene aplicaciones civiles o el efecto sobre las exportaciones así como las capacidades de gestión y liderazgo propias de las Fuerzas Armadas que son cada vez más valoradas y empleadas por el sector civil. El informe está disponible en la web Subdirección General de Publicaciones y Patrimonio Cultural y puede descargarse directamente. (J.R.G.)


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