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lunes, 12 de mayo de 2014

Manifiesto para salvar el «Príncipe de Asturias».


El 14 de diciembre de 2013 se dio de baja el portaaviones Príncipe de Asturias (R-11), buque insignia y emblemático de la Armada española que ha tenido una vida útil de casi un cuarto de siglo desde que le fue entregada su bandera de combate en 1989. Durante estos veinticuatro años ha desarrollado y cumplido de un modo impecable misiones en muy diferentes escenarios, desde nuestros mares territoriales hasta el Mediterráneo oriental, como ocurrió en 1991 con ocasión de la primera Guerra del Golfo. El Príncipe de Asturias fue construido por la Empresa Nacional Bazán, hoy Navantia, y es, por lo tanto, un buque de construcción española y de diseño también básicamente español. Ha sido un orgullo tecnológico de nuestros Ejércitos y de nuestra industria, a cuyo desarrollo ha contribuido, y ha merecido el respeto y la admiración unánimes de las marinas e industrias de muchos países del mundo, entre ellos los más avanzados. Hoy, sin embargo, se ha decidido dar de baja un magnífico barco que, con las actualizaciones pertinentes, podría haber seguido prestando un servicio excelente a la Armada y a la seguridad y la defensa de España y nuestros aliados. Razones económicas y presupuestarias lo han aconsejado así. 

Algunas de las funciones realizadas por nuestro portaaviones pueden ser llevadas a cabo, en parte, por el todavía nuevo Buque de Proyección Estratégica Juan Carlos I, una nave más polivalente. Desde una perspectiva de planificación económica, o incluso de defensa, no tenemos nada que objetar aquí. Es una decisión que respetamos y que corresponde a profesionales, responsables y gestores de la Defensa. Sin embargo, desde una perspectiva histórica y simbólica, desde un punto de vista diferente y, en cierto sentido, más profundo, sí nos preocupa hondamente que el buque que mejor ha simbolizado la España moderna, democrática y tecnológica, la de la plena integración de las Fuerzas Armadas en la sociedad de la que forman parte, la España de los últimos cuarenta años, vaya a ser desguazado y vendido a trozos por el peso de su metal, en algún lugar del mar Negro, por poner el caso. Es decir, la significación del Príncipe de Asturias supera incluso, con mucho, la de un noble y gran barco de guerra que fue buque insignia de la Armada española. Esta nave debe ser vista, en realidad, como el monumento simbólico representativo de la España de mayor progreso económico y social de nuestra Historia. 

La España que conquistó y asentó la democracia, que se integró plenamente en Europa y la Comunidad Internacional, que impulsó la articulación de la Comunidad Iberoamericana y asumió sus responsabilidades en el mundo, alcanzando los primeros puestos en tantas áreas, desde la medicina o la ingeniería, a las artes o el deporte. Éste es el valor icónico que puede y debe tener el Príncipe de Asturias: el de ser símbolo de una época, de un periodo fundamental de la Historia de nuestro país. ¿Desmontaríamos el Alcázar de Segovia porque no es un edificio operativo y porque implica gastos de mantenimiento? ¿Venderíamos sus piedras y sillares en una subasta internacional pública porque, en términos prácticos, no nos hacen falta? Nos preguntamos: ¿no tiene todo el sentido tener y mantener esa magnífica fortaleza de origen medieval como testigo, imagen, enseñanza y recuerdo de nuestra Historia? Este es, precisamente, el sentido de lo que proponemos se haga con el Príncipe de Asturias (R-11), actualmente en Ferrol a la espera de su subasta y desguace el próximo mes de junio. Se trata, al menos, de mantenerlo -flotando, por supuesto- como un lugar de la memoria, de nuestra mejor memoria, la de la España reciente, la de la España que comenzó con la Transición Democrática. 

Un auténtico castillo flotante que, anclado y amarrado, muestre imponente su majestuosa y grandiosa silueta en alguno de los múltiples puertos o ciudades de nuestras costas, recordándonos lo mucho que los españoles hemos conseguido juntos cuando hemos querido y sabido actuar juntos.Esto es lo que han hecho otros países, conscientes del valor de su Historia, con algunos de sus navíos más emblemáticos. Pensemos, por ejemplo, en el Belfast, famoso navío británico de la Segunda Guerra Mundial, hoy amarrado en el Támesis con funciones museísticas; o en el portaviones estadounidense «Intrepid», también amarrado en Nueva York, en el río Hudson, como singular museo naval. No obsta decir que el Príncipe de Asturias podría, igualmente, asumir funciones museísticas y que su rentabilidad económica, con imaginación e iniciativa, es perfectamente posible. Sus características morfológicas y su cubierta de vuelo lo hacen, además, idóneo para albergar múltiples tipos de actividades en las que podría participar un gran público. No se puede obviar, en suma, el impresionante reclamo turístico que este moderno Escorial de los Mares, como se apodó en su época al navío español Santísima Trinidad, podría representar para el puerto, la ciudad y la Comunidad Autónoma que lo acogiesen. 

Estamos seguros de que la actuación concertada, generosa e inteligente de la Administración Central y Autonómica, de Defensa particularmente nuestra Armada, de las entidades locales que puedan verse interesadas e involucradas, y del sector privado empresarios de diversos sectores, así como organizaciones sin ánimo de lucro podrá llevar a buen término una idea y un proyecto de tanto interés para todos. Estamos a tiempo. Así lo pensamos algunos componentes del XXXIV Curso de Defensa Nacional del Centro Superior de Estudios de la Defensa Nacional, entre los que nos encontramos senadores y diputados de diferentes partidos, miembros de sectores sociales y empresariales, periodistas, etcétera. Y así lo queremos compartir con el conjunto de la sociedad española. No dejemos pasar la oportunidad de salvar el portaviones Príncipe de Asturias como un monumento inigualable de la España democrática. Sería una verdadera pena ver el próximo mes de junio, los restos de este símbolo de España subastados, desguazados a trozos en nuestras costas o a miles de millas náuticas de nuestro país. Todos debemos implicarnos en evitarlo.


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