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lunes, 1 de diciembre de 2014

Relato Real: Haciéndome espía en la finca 'El Doctor'.





"Vivíamos en la residencia [foto] que hay en la finca. Nos... "Vivíamos en la residencia [foto] que hay en la finca. Nos prohibieron tajantemente acercarnos a los búnkeres", dice José.

Año 2007. Un individuo, al que por motivos de seguridad llamaremos simplemente José, accedió al extenso, severo y complejo ramillete de pruebas para convertirse en un agente operativo del Centro Nacional de Inteligencia. Semanas antes de terminar su adiestramiento abandona el Centro, principalmente, por las durísimas pruebas a las que fue sometido y el asombroso desgaste psicológico que a él le produjo tan despiadado proceso. Entre otros lugares, realizó las pruebas más importantes de selección en la famosa finca El Doctor, ubicada en Manzanares (Ciudad Real), de la que mucho se ha dicho y no siempre con buen tino. ¿Qué pasa allí dentro? ¿Cómo son sus instalaciones? Y, ante todo... ¿para qué se utilizan? He aquí su historia inédita, la de un verdadero ciudadano que pasó las pruebas para ser espía. Él, lo que cuenta, sí es de verdad.

- ¿Cómo empieza todo, José?
- Envié mi curriculum a través de la web del CNI y una mujer me llamó años después para preguntarme si seguía interesado en formar parte del Centro. Ante mi afirmación, me citó un día y a una hora en determinado número de una calle de Madrid capital.

- Y una vez allí, ¿qué pasó?
- Hubo una primera prueba que consistió en psicotécnicos y test de personalidad con cientos de preguntas que se extendieron a lo largo de todo el día. En ellos nos preguntaban cosas como: ¿Oyes voces? ¿Crees que te persiguen? ¿Has pensado en suicidarte? ¿Crees en los ovnis? ¿Te sientes enfermo con regularidad? Al superar esta primera criba, logré acceder a la segunda, que se trataba de una prueba específica del puesto. Nos daban unas nociones básicas para dibujar croquis y alguna técnica sobre cómo mentir para obtener información, así como para protegerse ante situaciones embarazosas. Acto seguido, tuvimos que acudir a la dirección que se nos dijo y debíamos recoger toda la información posible sobre las personas que vivieran allí. Nombres, apellidos, teléfonos, hábitos de vida, etc, además de croquis del edificio, la planta y el piso. Conseguí pasarla, y la tercera prueba consistió en una extensa entrevista no demasiado compleja. 

- Y pasas a una, llamémosla, cuarta fase, ¿verdad?
- Efectivamente. La cita no sería en el sitio habitual; esta vez fue en la central, en la carretera de A Coruña, a las ocho de la mañana. En la puerta por la que me hicieron entrar (hay varias), el personal de seguridad llevaba chaleco antibalas y fusil. Todos vestían de negro. Me sentía como en una película.

- No es para menos...
- Nos hicieron una analítica de orina y de sangre, y nos retornaron a la sala de espera. Al cabo de una hora, aproximadamente, empezaron a llegar otras personas, más mayores, que pertenecían al Centro y que se identificaron como nuestros instructores. Nos metieron en varios coches y partimos hacia la finca El Doctor. 

- ¿Qué te encontraste allí? El mutismo sobre ese lugar resulta total....
- Se trataba de una base enorme, sin carteles de ningún tipo, en medio de la nada. Un monolito de piedra colocado a un lado presidía lo que parecía una entrada principal, una valla completamente cerrada. El coche paró y nuestro instructor sacó la mano por la ventanilla. Acercó al monolito su cartera de cuero negro y antes de que ambos objetos se tocaran, como por arte de magia, la valla obedeció silenciosa y se abrió para nosotros. Yo alucinaba por momentos. Al entrar, el complejo parecía efectivamente grande. Sin embargo, el coche no anduvo mucho más antes de detenerse en un aparcamiento junto a dos edificios bajos. Uno de ellos contenía aulas, el otro, una residencia. Allí viviríamos durante una semana. Las habitaciones eran realmente confortables. Nos dijeron que estaba terminantemente prohibido acercarnos a unos búnkeres, de color grisáceo, situados cerca de estos edificios en los que nos encontrábamos. 

Llamadas de dos minutos 
- ¿Y cómo se comportaron los instructores?
- Se presentaron. Todos con su propio alias, menos el jefe que, simplemente le llamaban, y así quería que le llamáramos, Jefe. Nos intervinieron los móviles y nos pidieron que entregáramos cualquier dispositivo electrónico que hubiéramos traído. Sólo podríamos llamar por teléfono unos minutos de la noche y devolverlos de nuevo.

- ¿Cuál era tu sensación una vez ingresas allí y qué es lo primero que tienes que hacer?
- Todo daba una apariencia de control total y enseguida llegué a la conclusión de que no se reparaba en absoluto en darnos todo tipo de comodidades. Hicimos varios cuestionarios. Elaboramos un discurso sobre nosotros mismos, otro de tema libre y el último pivotado en una frase graciosa. Curiosamente todos éramos muy parecidos, ni altos ni bajos, ni feos ni guapos, ni gordos, ni delgados... excepto las chicas, que eran espectaculares.

- ¿En qué consistieron las siguientes pruebas, José?
- Pues en una de ellas nos pusieron a cada uno de nosotros un folio con fotos de carnet de todos los aspirantes que concurríamos en esa semana. La cosa consistía en tachar a los que creíamos que no estaban presentes. Un ejercicio de reconocimiento de caras. En el segundo día nos proporcionaron unos planos muy toscos, sin nada escrito, sobre una parte de determinado pueblo. En mi caso, me trasladaron físicamente a un sitio de ese lugar en concreto y tenía que dar con la parte que estaba reflejada en mi papel para rellenar todo el mapa con las calles y los lugares significativos. Me llevó toda la mañana. Por la tarde, psicotécnicos y pruebas de memoria fotográfica. Al terminar nos dieron un folio en blanco y nos pidieron que reprodujéramos fielmente el mapa que habíamos confeccionado por la mañana. Que lo pintáramos de la nada. ¡Me dieron ganas de insultarles! ¡No me acordaba de nada! Salí del paso como pude.

- ¿Todas las pruebas operativas tuvieron lugar en los exteriores del recinto?
- No. También hicimos lo que creo que denominaron el paseo del caminante. Nos metieron en una sala llena de cosas, una especie de salón abandonado, y nos pidieron que observáramos atentamente la habitación durante unos tres minutos. De vuelta al aula, nos pidieron que describiéramos la habitación con absolutamente todos sus objetos y detalles, luces y enchufes incluidos. 

- ¿Cómo abordabas todo aquello psicológicamente?
- Las pruebas se sucedían sin descanso y las horas pasaban volando, pero el estado de nervios de no saber lo que va a ocurrir era desesperante. Una llamada rápida a la familia por la noche y listo. Durante los desayunos, comidas o cenas, la cosa no mejoraba, pues nos tocaba responder las preguntas extrañas de los instructores, siempre atentos a nuestros movimientos. Estábamos siendo continuamente evaluados.

- ¿Cómo se fueron sucediendo el resto de días en El Doctor?
- El miércoles por la mañana, examen de conducir. Me dediqué a hacer rotondas marcha atrás y a acelerar hasta que me dijeran mientras me cruzaba con otros coches. A cada momento, el instructor que iba a mi lado me preguntaba cosas sobre los vehículos con los que nos cruzábamos; matriculas, marcas y modelos, ocupantes...

- Más adiestramiento de campo, ¿no?
- Exacto. Por la tarde me tocó ir a determinado bar de otro pueblo a obtener información sobre los dueños, de manera similar a la prueba que he descrito anteriormente. Me quitaron mi cartera y me dieron seis euros. Me soltaron en un punto determinado del municipio y me dijeron que si a las 21:00 p.m. no me encontraba en el punto de recogida, estaría fuera de la selección. Evidentemente, me indicaron que preparara una mentira, una cobertura, para poder obtener la información. Una vez propuesta por mi parte, empezó la farsa. La situación era real, es decir, el bar era real y los dueños también. Me tomé dos refrescos a cuenta del Centro, ya que había que gastar algo en el bar para poder entablar algo de conversación. Me costó empezar, pero una vez me metí en el papel, todo fue bien. 

Conseguí los nombres y apellidos de los dueños, que me enseñaran la licencia del establecimiento, los papeles del bar, sus carnés de manipulador de alimentos... Hasta les pregunté cómo habían obtenido los canales de pago. Adiviné que había un bingo clandestino y puede que una casa de citas, ilegal por supuesto. Y todo lo hice, para mi sorpresa, delante del jefe y de algunos de los instructores, ya que estos entraron en el bar cuando yo estaba en plena actuación, y pidieron unos cubatas mientras le preguntaban al dueño quién era ese pesado que hacía tantas preguntas. ¡Intentaban que yo fallara! Pero me crecí y conseguí que los mismos dueños me apuntaran de su puño y letra muchos datos que yo les pedí en una servilleta. Sólo tuve que memorizar sus nombres, apellidos y DNI.

- ¿Y ese tipo de actuaciones desleales por parte de los instructores era algo habitual?
- Un día corrieron la voz de que uno de los aspirantes era un topo, es decir, un agente del CNI infiltrado entre los aspirantes que nos evaluaba más de cerca y daba información sobre nosotros y que a lo mejor, si pensábamos bien, lo podríamos identificar. No sé por qué pero pensé que simplemente era para meter más presión. Que realmente no había ninguno y que les interesaba saber si alguno de los aspirantes se comportaba ya como un propio agente. Una manera de medir quién destacaba. 

- ¿Hicisteis más entrenamiento de tipo operativo?
- Ese mismo miércoles por la noche me tocó una incursión nocturna. Me llevaron al pie de una especie de cortijo y me dijeron que debía hacer un croquis exacto del lugar, especificándome que debía tomar medidas exactas de las distancias, por supuesto, sin ninguna herramienta. Hice lo que pude teniendo en cuenta que tan solo contaba con la luz de la luna, y ayudado por algunos ejercicios que mi propio instructor me enseñó para adaptar mejor mi visión a la oscuridad. 

El cortijo estaba lleno de perros guardianes y había una motocicleta que vigilaba el terreno pasando a cada 10 minutos por mi posición. A eso de las 00:00, vuelta al aula a presentar el informe. Cuando ya creía que me iba a la cama, nos dicen que queda otra prueba. Y nos ponen una película aburrida no, lo siguiente. Dos horas de bodrio que jamás olvidaré. Por supuesto que un instructor estaba atento a las cabezadas. Más de uno se llevó una bronca. Después, examen sobre la película. Nos preguntaron hasta los más pequeños detalles sobre la misma. Ya el jueves hicimos pruebas físicas, carrera de un kilómetro, salto vertical, 50 metros lisos, etc.

- ¿Y cómo acabó la selección?
- Nos metieron en los coches. Partiríamos hacia la Central, en Madrid. Todo había terminado. Pero justo antes de arrancar nos dijeron que debíamos volver al aula porque se les había olvidado darnos una cosa. Al entrar, nos dimos cuenta de que faltaba gente y que unos señores de dos metros que no habíamos visto antes nos esperaban dentro. Pertenecían a la División de Seguridad. Gente dura de verdad.

- ¿Y el personal que no había superado esta última fase?
- Partía ya para Madrid sin saber que estaban fuera del proceso, pensando que había terminado todo y que los demás también viajábamos en los otros coches hacia casa. Ellos nunca recibirían la llamada para ingresar en la escuela de espías. 

- ¿Y en cuanto a vosotros?
- Los demás instructores entraron y nos aclararon la situación. Debíamos superar una última prueba; un interrogatorio. "Hasta el rabo todo es toro", nos dijo uno de los instructores antes de cerrar la puerta del aula y dejarnos a los aspirantes a solas con los nuevos instructores. Cada uno de nosotros recibiríamos la visita de un interrogador en nuestra habitación y sostendríamos una entrevista de unas cinco horas, a solas. A algunos les tocó dos interrogadores; poli bueno y poli malo. A mí, sólo uno.

 Un punto débil
- ¿Y en qué consistió ese interrogatorio?
- Entró con un buen taco de papeles sobre mí y se dedicó a hacerme preguntas como si ya supiera las respuestas. Intentó encontrar algún punto débil en mi vida. Algo que yo ocultara. Pero el hecho de que ya estuviera montado en el coche para irme y que de repente tuviera que estar otro día más allí, me dejó sin recursos emocionales. Quise ser sincero. Por lo visto fue demoledor. Muchos salieron llorando de la prueba. A todos nos dieron un cuadernillo con una especie de método para aprenderse cómo es Madrid, sus vías principales y cómo dibujarla. Debíamos estudiarlo detenidamente por si entrábamos a la escuela; el primer día habría un examen. Al día siguiente, a casa.

- ¿Te realizaron preguntas comprometidas, José?
- Sí. Desde cuestionar de forma insistente mis preferencias sexuales, hasta darme a entender que disponían de información sobre el trabajo de mi padre o mi forma de conducir. Además, cuando llegó el momento de hablar de una de mis mejores amigas, el interrogador estaba especialmente interesado en si había mantenido sexo con ella. La presión psicológica a la que eres sometido es difícil de definir. Incluso me propusieron pasar por el polígrafo. Acepté pero un tiempo después me di cuenta de que era un farol. Aquello acabó conmigo anímicamente. Su objetivo era minar mi moral. No se lo deseo a nadie.

- Entonces entras en la academia. ¿Qué tipo de materias os impartían allí?
- Aquello estaba ubicado en el chalet de una céntrica zona madrileña. El adiestramiento consistía en el aprendizaje de técnicas operativas de inteligencia tales como la defensa personal, el cambio de apariencia y las infiltraciones, la conducción temeraria y sin riesgo, fotografía, informática, idiomas, técnicas de persuasión tanto física como psicológica; y toda una variedad de habilidades que te permiten desde robar un coche hasta entrar en una casa ajena con seguridad para darte cuenta, tiempo después, de que lo difícil está hecho y lo imposible puede hacerse. (Jesús.R.G.)


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