miércoles, 29 de noviembre de 2017

Los submarinos españoles, más viejos que los argentinos.


Los tres submarinos de la Armada española (Galerna, Tramontana y Mistral) en un ejericio en Cartagena en abril pasado

Con 32 años a sus espaldas, el Ara San Juan (S-42) no era demasiado viejo; al menos, no en términos comparativos. A fin de cuentas, era el más moderno de los tres submarinos de la Armada argentina: el Salta (S-31) tiene 48 años; y el Santa Cruz,34. Tampoco lo era si se compara con los sumergibles en servicio en la Armada española: el Galerna (35 años), el Mistral (32 años) y el Tramontana (31 años). Solo este último es más moderno, por unos pocos meses.

La vida operativa de los buques se cifra en unos 30 años y más si se trata de submarinos, sometidos a un desgaste muy superior al de las naves de superficie y necesitados de unas garantías de seguridad mucho más estrictas. Un submarino es como un avión: cualquier avería puede tener consecuencias fatales. Pero las garantías de seguridad pueden prolongarse más allá de las tres décadas siempre que se les asegure un mantenimiento escrupuloso, según los expertos. Periódicamente, deben someterse a lo que se denomina gran carena, una revisión que supone desmontarlos por completo, examinar exhaustivamente cada pieza, sustituir las deterioradas y volverlos a montar de nuevo El proceso, en el caso de los españoles, se prolonga 18 meses y cuesta 50 millones de euros. Ninguna broma. Los submarinos salen de la gran carena casi nuevos y eso les permite seguir navegando unos cinco años más sin problemas. Lo normal es realizar hasta cuatro grandes carenas durante su vida operativa, pero la Armada española ha decidido realizar una quinta a los tres de la clase Agosta que le quedan.

Estos sumergibles, de fabricación hispano-francesa, ya deberían haber sido dados de baja y sustituidos por los nuevos S-80. Pero este proyecto lleva una década de retraso y, según las últimas previsiones, el primero de la serie, el Isaac Peral, no será entregado hasta el primer semestre de 2022. Ni siquiera se sabe todavía cuál será su precio: Defensa presupuestó 2.135 millones de euros por cuatro sumergibles, pero esta cantidad solo alcanza para pagar el primero, cuyo diseño tuvo que redefinirse por completo tras detectarse un sobrepeso de 75 toneladas. Hasta tal punto es crítico el mantenimiento de un submarino que en más de una ocasión la Armada los ha tenido que dejar en dique seco cuando han cumplido sus horas de navegación a la espera de reunir el dinero para pagar la gran carena. Del Ara San Juan no importa tanto la vejez como el mantenimiento. Se sabe que se sometió a una reparación de media vida que se prolongó nada menos que seis años, de 2008 a 2014. Debería haber sido suficiente. (Jesús.R.G.)

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Las ventajas de tener un satélite espía.


Campo de antenas de la Sociedad Europea de Satélites en Luxemburgo
 
Hoy en día, el país que no tiene un satélite espía está expuesto a todo tipo de riesgos. España lo comprobó en julio de 2002, cuando un destacamento de media docena de gendarmes marroquíes tomó el islote de Perejil, una roca deshabitada al oeste de Ceuta poco más grande que un par de campos de fútbol. Para algunos, aquel altercado pudo desencadenar una guerra entre España y Marruecos, para otros, el incidente no fue más que la acampada de un grupo de okupas. Pero el Ministerio de Defensa pasó un desagradable trago porque no pudo tener imágenes en tiempo útil de aquella escaramuza. El Helios, el satélite que barre la zona, se quedó a oscuras repentinamente. Según la versión oficial, sufrió “problemas técnicos”. 
 
Pero la realidad es que España solo posee el 2,5% del artefacto. Lo comparte con Francia (propietario del 90%), Bélgica, Italia y Grecia, y únicamente tiene derecho a demandar el 2,5% de las imágenes, entre las cuales parece ser que no se encontraban las del peñasco norteafricano. Aprendida la lección, España se dispone a poner remedio y, de paso, dar un salto tecnológico en la industria aeroespacial. Si los planes no se tuercen, a finales de enero pondrá en órbita un satélite de alta resolución capaz de escanear la Tierra a más de 514 kilómetros de altura. Viajará a una velocidad de siete kilómetros por segundo, con lo que cada día dará la vuelta al planeta 15 veces. Peinará un área de 300.000 kilómetros cuadrados y tomará un centenar de imágenes cada 24 horas, tanto de día como de noche, independientemente de las condiciones meteorológicas. Dotado con un radar de apertura sintética, Paz llevará a cabo misiones civiles y militares. Vigilará el tráfico marítimo en el Mediterráneo para detectar pateras, escrutará las actividades de pesca ilegal o los movimientos de los narcotraficantes en el Estrecho, controlará los recursos naturales o el urbanismo y evaluará catástrofes, desde inundaciones hasta incendios. 
 
Incluso podría certificar si los viandantes circulan por el carril correcto en las vías más congestionadas de Madrid. Además de observar la Tierra en misiones científicas o humanitarias, el gigantesco ojo de Paz servirá para fisgonear a los países vecinos bajo la premisa de garantizar la defensa y la seguridad. Podrá mirar de cerca al Mohammed VI-A, el satélite espía de Marruecos (oficialmente, de reconocimiento óptico), lanzado al espacio este mes desde la Guayana Francesa, con el que nuestro vecino del sur aspira a controlar las fronteras y a hacer un seguimiento más eficaz de los grupos yihadistas. Paz está ya listo para ser trasladado a la base aérea de Vandenberg (California), pese a que inicialmente estaba previsto que subiera al cielo desde Rusia. España entrará así en el selecto grupo de los países europeos (junto a Alemania e Italia) que tienen su propio satélite espía. Un proyecto empresarial y científico ambicioso que podría evitar chuscos episodios como el ocurrido en Perejil hace tres lustros. (Jesús.R.G.)
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